Miradas

Cuesta mucho pedir ayuda ante las crisis

Los emprendedores deben hacer un voto de humildad y aceptar el asesoramiento de otros.

Hay un refrán que dice que, a menudo, uno ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Siguiendo con las citas populares, siempre se señala que el segmento de piso que uno nunca puede ver es el que se encuentra debajo de las plantas de sus pies. Como cualquier otra sentencia, todas contienen alguna pizca de verdad. Muy a menudo una persona carece de la posibilidad de identificar datos muy simples, que están a su alcance y le pertenecen, pero por diversos motivos no puede decodificarlos. No es una situación anormal. Por el contrario, sucede con enorme frecuencia.

Por lo general, una empresa nace de un emprendimiento pequeño y a medida que va aumentando su nivel de presencia en el mercado va siendo acompañada de otros incrementos referidos a instalaciones, movimientos financieros, equipos y, muy especialmente, su dotación. Este último suele ser el cambio más conflictivo. Mientras que en los pasos iniciales todos se conocen por sus nombres y, con sus más y sus menos, se sabe qué le corresponde hacer a cada uno, llega un momento que aquella aparente ventaja se convierte en un inconveniente serio. La cantidad de gente contratada termina excediendo la capacidad de mantener contactos personales y habrá un momento en que el fundador verá pasar un sujeto y preguntará: “¿Y éste quién es? ¿Qué hace acá”?.

Mientras se desarrolla toda esta trama va pasando bastante tiempo, pero persisten muchos de los usos y las costumbres primitivas. Se ha construido una historia dentro de la cual conviven tanto las viejas como las nuevas formas de relacionarse en el trabajo. Todo esto no puede provocar menos que algún grado de desconcierto. Es cuando la viga impide ver claramente y el suelo que se pisa es totalmente desconocido.

Quien ha creado una empresa es, precisamente, esto mismo: un creador. Toda la energía desplegada, que ha dado frutos impensados a la hora de iniciar el emprendimiento, lo convierte en un pequeño Dios que todo lo puede hacer, como hasta ese momento. No se trata de un defecto, sino una tendencia muy entendible. Sin embargo, la organización se le escapa de las manos, no es lo mismo que antes y parecería que no tiene arreglo. Las soluciones técnicas son mucho mejor asimiladas que las crisis de un estilo de gestión vinculado con la persona que conduce la empresa. Si se rompe una máquina, siempre habrá un técnico que vendrá a repararla con su instrumental. Si los sistemas administrativos son engorrosos, habrá que buscar algún programa para instalar en las computadoras. Pero cuando el problema es uno mismo, la cuestión se complica.

Es curioso que en nuestro país, donde el porcentaje entre la cantidad de psicólogos y el número de habitantes es uno de los más altos del mundo, sigue percibiéndose una abundante resistencia a pedir ayuda externa para resolver problemas de conducción. Tal vez hoy el obstáculo puede ser superado a partir del concepto de coaching, cuyo antecesor más cercano es la figura del personal training. Ya no se trata de que cada uno pueda arreglárselas por su cuenta, sino que necesita la mirada experta de otro para identificar los defectos y corregirlos.

Pedir ayuda a un extraño no es un esfuerzo pequeño, porque implica algo así como un voto de humildad: reconocer que no es posible hacerlo todo por sí mismo y que hay quienes pueden aportar nuevos conocimientos.

Por Jorge B. Mosqueira
jorgemosqueira@gmail.com